21 de septiembre de 2010

Un premio

Llegué reventado tras un partido muy importante del que, por cierto, había salido victorioso. Me merecía un premio. Me dirigí hacia mi habitación gritándolo por toda la casa. Tiré las llaves, la cartera y el móvil encima del escritorio, me desvestí y encendí el ordenador.

Arranqué mi navegador e introduje la dirección de mi página porno favorita. Seleccioné un vídeo muy cachondo de una cerda vestida de bombera que no hacía más que chupar pollas. Puse el portátil en la mesita de noche, le dí al play y me tumbé en la cama. 

La bomberita llegó a la habitación de un tío diciendo que le habían llamado para sofocar un incendio, el tío le respondió señalándose el cipote y diciéndole que era allí donde ardían las llamas, entonces la rubia salió corriendo hacia su nabo y se lo metió en la boca. Fue cuando me metí la mano en los calzoncillos y me la saqué para empezar con la faena. Me la agitaba mientras veía a la tía meterse ese descomunal miembro en la boca, tan dentro que se le saltaban las lágrimas...y en ello estaba cuando se abrió la puerta de mi habitación: era la sustituta de la muchacha de la limpieza, una morena tetona muy follable. 

Me pilló con el rabo erecto y sujeto y, en lugar de cerrar la puerta escandalizada, se quedó mirandolo con deseo y, sin que le dijera nada, se metió en mi dormitorio y cerró la puerta tras de sí.

Se acercó a mí y me la cogió sin más, y empezó a pajearme mientras me la mamaba. Su boca  traviesa me llenaba de saliva la polla, que estaba cada vez más tiesa. Empecé a moverla en su lengua y ella gimió de gusto. Poco duramos así, porque se la sacó al rato pidiéndome que le rompiera el ano, que ya no podía más, que la quería sentir dentro de su culo. Entonces se me puso a cuatro patas...y eso hice.

Lo tenía tan oscurito y prieto...puse la punta de mi nabo en la entrada y presioné poco a poco, sintiendo como se abría ante mí para que cupiera primero el cabezón, luego un poco más, y luego se lo metí entero de un empujón. Y ahí, dentro de ese culo tan caliente que me apretaba la polla como queriendo exprimirla, no pude parar. Le dí, le dí y le dí, y ella, por más que le diera, más me pedía y más gritaba como una puta.

Oooh, no podía aguantar mucho más si seguía así. Le agarré las peras, que no me cabían en las manos, y tiré de ellas, empotrando su culo contra mí, colgándome como un perro mientras mis huevos golpeaban su coño. Ella me los agarró y los masajeó como si pidiera leche, y yo quería dársela. Arremetí contra ella cada vez más fuerte y más rápido, sintiendo sus pezones erectos entre mis dedos. 

De pronto, entre gemidos intensos, me gritó: 

-¡Córrete, cabrón, la quiero toda!¡Dámela!¡Dámela!

Ante esa petición tan desesperada mi polla no tenía más que decir: sentí cómo la sangre me subía por el rabo empujando mi lefa con espasmos y contracciones para salir a golpes y rellenarle el culo. Ella se movió suavemente unas veces más, dándole punto y final a mi corrida. La saqué y pude ver cómo chorreaba mi semen llenando de blanco su oscuro ano y cayendo sobre mis sábanas.

Cogí a la muchacha de las caderas y la puse boca arriba en mi cama y estuve comiendole sus enormes tetas mientras le metía los dedos en su coño ardiente y mojado, haciéndola morir de placer hasta que se corrió.

Después se levantó, se limpió y se fue. Volvió al minuto con una muda de sábanas nuevas y me hizo la cama aún desnuda mientras le miraba.

En cuanto terminó se vistió y me dijo, con un guiño:

-Ahí tienes tu premio, machote.

Entonces cerró la puerta y se fue. Jamás la he vuelto a ver.