28 de marzo de 2010
18 de marzo de 2010
Sobre la sexualidad del ser humano
Es importante cuestionarse la sexualidad propia. No debemos tener miedo. Conocer tu sexualidad te ayuda a conocerte mejor y a comprender a los demás. No porque te excite ver a dos personas del mismo sexo manteniendo algún tipo de relación sexual tienes que ser homosexual o bisexual. Es la carga erótica de la situación la que nos hace excitarnos.
Los valores éticos y morales de cada uno, que dependen fundamentalmente de la cultura y de los tabúes de la sociedad, son los principales determinantes o limitantes de nuestra sexualidad. Si en nuestro entorno estuviese bien visto el sexo grupal, por ejemplo, seguramente no sólo no nos escandalizaría, sino que nos apetecería o veríamos normal el probarlo o practicarlo con frecuencia. Si liberásemos nuestra mente descubriríamos muchas cosas que quizás no nos atreviéramos a confesar nunca. Sería reconfortante poder contar con gente de confianza con la que poder tratar estos temas abiertamente con la mayor naturalidad.
Desde mi punto de vista, el ser humano por naturaleza es heterosexual. El ser homosexual, como todo lo que ocurre en el organismo, debe estar regulado por genes o reacciones químicas, o por la asociación de estímulos concretos. Porque debemos aceptar que, como organismos, funcionamos a partir de reacciones bioquímicas. Por tanto, la homosexualidad no es una enfermedad sino una cuestión simplemente de gustos. Esto es lo que ocurre con el amor, regulado por sustancias como la dopamina: no elegimos de quién nos atrae ni de quién enamorarnos. Y, por último, el ser bisexual no tiene que consistir estrictamente en que te atraigan personas de ambos sexos, sino que también puedes ser totalmente heterosexual y que te atraigan ciertas personas de tu mismo sexo o que tan sólo te atraigan en determinadas circunstancias. O incluso puede ser mera curiosidad, o fruto de la aceptación de que puedes disfrutar sexualmente de esa manera. Todo esto desde mi opinión actual.
La diferencia que tenemos los seres humanos de los animales es que, aparte del sexo en sí, gozamos de la sexualidad. El sexo en sí se corresponde a la cópula entre macho y hembra para la supervivencia de la especie. La sexualidad abarca el erotismo, las personas, las posturas, las palabras, los relatos o novelas, los disfraces, la imaginación para innovar, los pensamientos y deseos, las ganas de probar cosas distintas…en resumen: es el disfrutar y exprimir el acto sexual. Este disfrute llega a un punto en que no tiene que ser cosa de dos, ni mucho menos de macho y hembra…y no tiene por qué consistir únicamente en la cópula. Porque el sexo para el ser humano, y esto es un concepto muy importante, no solo es el acto de fornicar. Las relaciones sexuales son, como su nombre indica, las relaciones que establecemos sexualmente. Esto incluye sexo oral, anal, besos, caricias, juegos, masajes eróticos…además del coito. Debemos aprender a disfrutar de cada parte de nosotros, de nuestra sexualidad.
Tenemos que abrir nuestra mente y ayudar a otros a que también lo hagan. Pero, eso sí, quien tenga claro lo que le gusta y lo que no, no es necesariamente alguien cerrado. El que alguien no quiera hacer un trío no quiere decir que esa persona nunca se haya planteado su sexualidad o que niegue su condición sexual. No todos somos iguales. A todos no nos gusta, por ejemplo, la alcachofa, pues a todos no nos tiene por qué apetecer un trío, es así de simple.
La cuestión en definitiva es: no prejuzgues a los demás, no critiques sus actos sexuales. Todos somos libres de obrar con nuestro cuerpo lo que queramos, no sin atender responsablemente a las consecuencias que el entorno social nos imponga. Lo crucial es no negarse a lo desconocido, no decir “eso no me gusta” sin haberlo probado y, ante todo, respetar la sexualidad propia y ajena de forma solemne.
Los valores éticos y morales de cada uno, que dependen fundamentalmente de la cultura y de los tabúes de la sociedad, son los principales determinantes o limitantes de nuestra sexualidad. Si en nuestro entorno estuviese bien visto el sexo grupal, por ejemplo, seguramente no sólo no nos escandalizaría, sino que nos apetecería o veríamos normal el probarlo o practicarlo con frecuencia. Si liberásemos nuestra mente descubriríamos muchas cosas que quizás no nos atreviéramos a confesar nunca. Sería reconfortante poder contar con gente de confianza con la que poder tratar estos temas abiertamente con la mayor naturalidad.
Desde mi punto de vista, el ser humano por naturaleza es heterosexual. El ser homosexual, como todo lo que ocurre en el organismo, debe estar regulado por genes o reacciones químicas, o por la asociación de estímulos concretos. Porque debemos aceptar que, como organismos, funcionamos a partir de reacciones bioquímicas. Por tanto, la homosexualidad no es una enfermedad sino una cuestión simplemente de gustos. Esto es lo que ocurre con el amor, regulado por sustancias como la dopamina: no elegimos de quién nos atrae ni de quién enamorarnos. Y, por último, el ser bisexual no tiene que consistir estrictamente en que te atraigan personas de ambos sexos, sino que también puedes ser totalmente heterosexual y que te atraigan ciertas personas de tu mismo sexo o que tan sólo te atraigan en determinadas circunstancias. O incluso puede ser mera curiosidad, o fruto de la aceptación de que puedes disfrutar sexualmente de esa manera. Todo esto desde mi opinión actual.
La diferencia que tenemos los seres humanos de los animales es que, aparte del sexo en sí, gozamos de la sexualidad. El sexo en sí se corresponde a la cópula entre macho y hembra para la supervivencia de la especie. La sexualidad abarca el erotismo, las personas, las posturas, las palabras, los relatos o novelas, los disfraces, la imaginación para innovar, los pensamientos y deseos, las ganas de probar cosas distintas…en resumen: es el disfrutar y exprimir el acto sexual. Este disfrute llega a un punto en que no tiene que ser cosa de dos, ni mucho menos de macho y hembra…y no tiene por qué consistir únicamente en la cópula. Porque el sexo para el ser humano, y esto es un concepto muy importante, no solo es el acto de fornicar. Las relaciones sexuales son, como su nombre indica, las relaciones que establecemos sexualmente. Esto incluye sexo oral, anal, besos, caricias, juegos, masajes eróticos…además del coito. Debemos aprender a disfrutar de cada parte de nosotros, de nuestra sexualidad.
Tenemos que abrir nuestra mente y ayudar a otros a que también lo hagan. Pero, eso sí, quien tenga claro lo que le gusta y lo que no, no es necesariamente alguien cerrado. El que alguien no quiera hacer un trío no quiere decir que esa persona nunca se haya planteado su sexualidad o que niegue su condición sexual. No todos somos iguales. A todos no nos gusta, por ejemplo, la alcachofa, pues a todos no nos tiene por qué apetecer un trío, es así de simple.
La cuestión en definitiva es: no prejuzgues a los demás, no critiques sus actos sexuales. Todos somos libres de obrar con nuestro cuerpo lo que queramos, no sin atender responsablemente a las consecuencias que el entorno social nos imponga. Lo crucial es no negarse a lo desconocido, no decir “eso no me gusta” sin haberlo probado y, ante todo, respetar la sexualidad propia y ajena de forma solemne.
16 de marzo de 2010
Los pecados capitales desde la naturaleza animal del ser humano
Siempre se han asociado los conceptos de cuerpo y pecado, tentación o impureza. No nos confundamos: el cuerpo es lo más natural y puro que tenemos. El cuerpo en sí no es malo sino lo que pudiéramos hacer con él, y todo lo que obramos lo decide nuestra mente.
Con esto no quiero decir que nos abandonemos al infierno, pero hay que aceptar algunas tendencias inconscientes que tiene el ser humano en su naturaleza animal. El pecado proviene de nuestra parte animal, y es tarea nuestra el superarla. Asumir nuestra naturaleza no quiere decir dejarse llevar por la misma. Pero quizás no todas estas tendencias sean tan incorrectas o inmorales (o amorales) como nos han asegurado siempre.
Analicemos ahora, por ejemplo, los siete pecados capitales vistos desde esta perspectiva animal:
1. LA IRA
Nos pone a la defensiva, con los nervios a flor de piel, nuestra adrenalina se dispara...es un estado de máxima excitación durante el cual se pierde el miedo y se gana fuerza bruta para enfrentarse al enemigo o el obstáculo. Se pierde la conciencia lógica, pero supone un estado de defensa para el organismo.
2. LA GULA
Es el comer por comer. Deseamos obtener aquello que nos gusta: si hemos dejado de tener hambre y nos ponen ante nuestros ojos nuestro alimento favorito, seguramente lo comamos. No se trata de abusar, ni de perjudicarnos la salud por empacho, indigestión...pero mientras un organismo disponga de recursos energéticos los ingerirá sin pudor para prolongar su vida en períodos de escasez.
3. LA AVARICIA
Se trata de un acto de territorialismo. Defendemos lo nuestro para evitar perderlo. Hay que evitar que esta defensa sea obsesiva, pero no está de más proteger lo propio del resto.
4. LA SOBERBIA
El imponerse representa el deseo de hacerse respetar, lo cual conlleva la dominancia sobre el resto de individuos de la especie. Supone un intento de pasar de subordinado a líder, el que goza de mayores beneficios de la manada.
5. LA ENVIDIA
Se puede considerar como la competencia contra seres de tu misma especie por un mismo bien. Normalmente se envidia a personas del mismo sexo por cuestiones relacionadas con el apareamiento, por la conquista de individuos del sexo contrario.
6. LA PEREZA
Es la característica más humana, probablemente. Es el ahorro de las propias energías tanto tiempo como sea posible, el no querer pasar de un momento de placentera inactividad a una acción cualquiera. La pereza, pues, protege al organismo frente a situaciones de estrés.
7. LA LUJURIA
Es el deseo sexual constante y/o exacerbado. Representa el principal objetivo de la especie: la proliferación de la misma. Generalmente un mayor deseo desembocará en un mayor número de relaciones y, consecuentemente, en mayores probabilidades de engendrar descendencia.
No defiendo el pecado con esta publicación, solo pretendo abrir nuestra mente a nuevas perspectivas. Sois libres de opinar y, de hecho, me gustaría conocer vuestra opinión. Saquen sus propias conclusiones. Un saludo.
5 de marzo de 2010
La represión de Eva
¿Quién dijo que la mujer no podía amar?
¿Quién dijo que Eva no podía desear?
¿Quién pensó que Eva no podía desear?
Su deseo fue el fruto prohibido...
Y allí la tenemos, deseando, observando, imaginando...
Y Eva coge, le agarra, le sujeta, le mueve, le muerde, se excita (y le excita), y Eva transpira y respira (inspira, espira, inspira, espira, espira, espira, inspir...espira, inspira...). Y Eva se place y le placen, se toca y le tocan. Eva palpa, roza, lame, besa...y todo es recíproco. Y Eva gime. Y a Eva todo aquello le gusta. Y Eva quiere más, más de lo mismo y más de distintas maneras...entonces, Eva innova (o trata de hacerlo), sugiere y prueba. Y a Eva le apetece, y fantasea...y ve sus fantasías cumplidas.
Y, mientras tanto, Eva ama.
Pero, mucho antes de que Eva desease, a alguien se le ocurrió que ella no debía desear.
Y, entonces, Eva despertó, se sintió culpable y dejó de imaginar.
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