Es la una de la madrugada. Paseo por la ciudad. La soledad me abruma. Ando perdido: sin planes, sin ideales…ya no sé quién soy ni lo que quiero (o quizás nunca lo he sabido). Dejo que sean mis pasos los que marquen mi sino, sin cuestionarlo, dejando fluir los sucesos. Ya estoy cansado de mi metódica vida.
Las calles se suceden. Giro hacia la izquierda. Todo negro. Dos focos de color ámbar se fijan en mí a ras del suelo. No puedo ver nada. Se me erizan los vellos. Camino inquieto notando como se clavan en mi nuca. Giro en la siguiente esquina hacia la derecha. Al fin una farola: es un gato.
El animal me adelanta presuroso. Va en busca de algo. La curiosidad se despierta en mí y le sigo. Me encuentro en un pasaje tenebroso y duradero, que se abre a una plaza ocupada por un único y majestuoso árbol, un ombú, tan grande que ni la maleza crece bajo su frondosa copa. En su apostura protege sus dominios, configurando su propio reino de serenidad y estabilidad sumergido en las aguas de este volátil mundo.
Me coloco a sus pies, contemplando su divinidad, asumiendo mi efímera e imperceptible existencia. Miro a mi alrededor. ¿Qué es esto? ¿Dónde estoy? Tan sólo estamos el árbol y yo. Algo debería rodearnos: edificios, calles, otros árboles, casas, personas, negocios…pero nada, no hay nada a nuestro alrededor sino el vacío. No puedo ni encontrar la boca del callejón por el que accedí a la plaza. ¿Acaso he muerto?
Ámbar. Esa mirada felina se posa en mí de nuevo. Creía que lo había perdido. ¿Cómo sale y entra a su antojo de este mágico lugar? Me acostumbro a su presencia. Me siento, apoyando mi espalda en el magnánimo tronco. En este momento casi puedo notar la savia correr por el mismo. El gato se coloca junto a mí, sobre uno de los pliegues que forman sus gruesas raíces. Lo observo. Es negro, pero yo no soy supersticioso. Sus ojos ahora pueden verse de un verde muy intenso…como el de las hojas de mi árbol. Siento cómo nos fusionamos en su dominio de sosiego, donde la naturaleza funciona de la manera adecuada. Y me quedo dormido.
El gato se acomoda en mi regazo. Ahora puedo acariciarlo. Comienzo a hablar con él: le cuento mi pasado, mis sentimientos, mi situación actual, le explico quién he sido y cómo no quiero ser…
- Quiero dejar a un lado los esquemas, abrirme a los demás sin máscaras para que me ayuden a descubrirme a mí mismo…
- Pues hazlo. Comienza desde cero. Ahora todo es posible.
¡¡¿¿QUÉ??!!
No, no ha sido el gato, ni tampoco el árbol…no, no, no.
Bajo la cabeza hacia mi vientre: me sonríe dándome ánimos. Debo estar loco. Anodadado, me levanto en busca de la salida. El bicho se sitúa a mis espaldas. Agito mi cabeza intentando borrar esta alucinación.
- Tranquilo. Querías ayuda, comprensión. Aquí estoy para ofrecértela. - Suena la voz solemne, delicada y sensual de una fémina. Y denota sinceridad.
- ¡Eres un gato!
- Seré lo que necesites que sea.
- Esto es ridículo…
- Tanto como tú lo veas.
- No estoy viendo ni escuchando nada, todo esto es un sueño, tan sólo mi estúpido e iluso subconsciente que me la está jugando…
Mientras hablo me doy la vuelta. El gato me mira con ternura, como quien mira a alguien que no es capaz de ver lo obvio.
- Demuéstrame pues qué puedes hacer por mí, gatito. - Le vacilo.
- ¿Acaso un gato no puede hacerte feliz?
- Me puede dar compañía, algo de felicidad…pero lo que yo más necesito es una persona.
- ¿Y yo no puedo serlo?
- No.
- ¿Por qué no?
- Porque eres un gato.
- Ya te dije que sería lo que necesitases.
- Pero, ¿no ves que es imposible? No sé ni porqué me molesto en…
Mi frase se queda en el aire. El animal se hace una bola en el suelo y empieza a sufrir suaves y rítmicos espasmos, cuya frecuencia crece para mi desconsuelo. Me agacho para darle lo poco bueno que pudiera encontrar en mi interior, para darle fuerzas ante su muerte. De pronto, su cuerpo comienza a evolucionar...a cambiar. Entonces me asusto y me tropiezo...y, en cuanto vuelvo a alzar la vista, el gato se ha convertido en una exquisita mujer.
- Pues no, no veo que sea imposible.
- …
- …
- Casi preferiría al gato.
La miro. No puede ser verdad. Tiene una brillante melena ondulada, color azabache, que le llega a las caderas. Sus ojos son más verdes y profundos aún. Sus labios carnosos y de color rosado, el inferior con un curioso y atractivo lunar. Su sonrisa es bonita, blanca, y sus incisivos ligeramente afilados. Sus curvas me hacen perder la diplomacia…
Se ríe al notar que la miro. Se acerca hacia mí. No lleva ropa, aunque lo parece. Su piel se cubre de una pintura negra brillante que recuerda al cuero sintético. Su olor a vainilla me seduce. Lo único que le queda de felino es la cola, la mirada, los dientes y la actitud…Es embriagadora.
- Bueno, ahora que soy una persona, puedes empezar. - Se muerde el labio.
- ¿Empezar el qué? - Me pongo nervioso.
- Querías ayuda, ¿no? Pues...¿qué es lo que más quieres? - Ronronea.
- Mmmm… - me aproximo a ella.
- ¿Sí? – ella se acerca aún más.
- No sé si te gustaría saberlo – le cojo de la barbilla. Le miro a los ojos…y bajo mi mirada hacia sus tugentes pechos. Coge mis manos y las coloca en sus caderas. Me estremezco. Me acerca la cara al cuello…dejando que su cálido aliento lo poble.
- No sabes hasta qué punto… - Me susurra al oído, arrastrando las palabras, dejándome sentir cómo se mueven sus labios y su lengua al pronunciarlas, con voz profunda y encendida.
Puedo sentir su fuego al hablarme, al tocarme, al mirarme... Es una gata. Es salvaje. Es provocadora…tentadora.
No puedo más. Me lo ha dejado tan fácil… Se lo tengo que soltar todo, hipnotizado.
No puedo más. Me lo ha dejado tan fácil… Se lo tengo que soltar todo, hipnotizado.
- No hay cosa que quiera más que poseerte, tener tus nalgas entre mis manos, dejarme absorber por tu mirada mientras besas mi pecado, sentir cómo tu olor y tu pelo me envuelven…Quiero probar tu boca, adueñarme de tu sexo, que me maulles como gata que eres, que las lágrimas poblen tus ojos cuando agonices incapaz de soportar más placer…Quiero que nuestras sacudidas consigan derrumbar este árbol centenario, atraparte los senos y pasarles mi lengua…Quiero besarte el alma y que lo goces, introducirme en tu profundidad y llenarte de mí…
Pone su mano en mi boca. Rodea mi brazo con su cola, apretándome contra sí.
- Entonces cállate y hazlo.
Y allí bajo el ombú, en su pequeño reino de calma, surge la tempestad eterna.