La luz cálida y anaranjada de este atardecer de verano se filtra por entre las cortinas color crema de la habitación. Un sofá de corte antiguo de espaldas a la ventana y con la aleación perfecta entre dureza y comodidad soporta mi cuerpo. Mi cabeza se apoya sobre su mullido brazo verde cacería. Mi mano derecha se deja caer sobre el suelo de parqué oscuro, mientras con la izquierda sostengo una tableta de chocolate negro sobre mi pecho desnudo. Mi respiración es relajada y, junto al paso del gracioso gorrión y el canto insistente de la chicharra, es lo único que interrumpe este dinámico pero profundamente sosegado silencio.
Todo es quietud, nada puede alterar este momento. Así pues, me dispongo a deleitarme a expensas de mi único acompañante.
Retiro el cartón que envuelve la tableta y, suavemente, la desprendo de su vaina dorada. Mis dedos la convierten en finos hilos de oro, separándolos del ansiado objeto de placer. Aquí la tengo, entonces, desnuda y lista ante mí. La cojo entre mis manos por ambos extremos y tiro de ellos hacia abajo...y la oigo crujir. Adoro ese sonido que precede a la degustación.
Separo una onza, tan sólo una: mi pequeña y deliciosa ración. La cojo delicadamente con mis dedos pulgar e índice, por una esquina, y la acerco lentamente a mi boca impaciente mientras observo su forma, brillo, textura y color. Antes de llegar, la deslizo bajo mi nariz para recibir su amargo pero a la vez dulce aroma. La deseo.
La rodeo con ambos labios, que se aprietan y pliegan sobre ella y con su calor comienzan a ablandarla. Sus primeros sabores llegan a mi paladar. Le doy el primer mordisco, acompañado de un nuevo chasquido...uno más cercano y placentero.
Una explosión de sabor me envuelve. Paso la pequeña porción de la onza de un lado a otro con ayuda de mi cálida lengua. La porción va disminuyendo de tamaño conforme se derrite en mi boca al mezclarse con mi dulce saliva. Con la lengua palpo la textura tenue y volátil de la onza, a la que voy dando forma redondeada.
Una explosión de sabor me envuelve. Paso la pequeña porción de la onza de un lado a otro con ayuda de mi cálida lengua. La porción va disminuyendo de tamaño conforme se derrite en mi boca al mezclarse con mi dulce saliva. Con la lengua palpo la textura tenue y volátil de la onza, a la que voy dando forma redondeada.
Siento como se ablanda el resto entre mis dedos, impregnándolos de su delicioso fluido. La cojo, pues, con la otra mano y atraigo mis dedos hacia mi boca, donde los traviesos pretenden entrar. Acerco mi lengua hacia mis yemas...y las saboreo con gusto, sin dejarme ni una pizca del ansiado efluvio. Apenas acabado mi trabajo, me doy cuenta de que ha sucedido lo mismo en la otra mano, así que decido introducir lo que queda de onza por entero en mi boca, sintiendo fielmente la amargura característica del café, la dulzura del azúcar, la suavidad de la leche y la cremosidad del mismísimo chocolate. Al cabo de unos deliciosos segundos, no queda nada de la onza sino el recuerdo.
Y, de pronto, se abre la puerta del tranquilo salón: ha llegado mi hombre... y él también quiere probar.
Cojo una segunda onza y la coloco entre mis labios. Me levanto del sofá y me acerco a él, tentándole. Una vez llego a su lado, me abraza suavemente, envolviéndome en caricias. Me pongo de puntillas para alcanzarle...y le doy su alimento. Nuestras lenguas suaves compiten por la posesión de la onza. Me enciendo. Se enciende...lo puedo notar en mi vientre. Sus manos me acechan...buscando mi sexo. Me tumba en el apacible suelo...y me dejo llevar por el placer que me otorga: un placer adulto.
El resto de la tableta acabó olvidada, derretida en un rincón.
Que bien sienta leer esto con una tableta chocolate blanco delante...
ResponderEliminarKamadeva